Hace ya más de veinte años –¡quién lo diría!– que apareció La ciudad inventada, un libro que hacía referencia al hecho de que la ciudad de León se había convertido en territorio literario gracias al empuje narrativo de autores jóvenes que decidieron hacer de la ciudad un espacio ganado para la ficción, como lo eran Vetusta, Oleza o Pilares. Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y José María Merino hacían caso a maestros como el sabio de Ardón, Sabino Ordás, o como el portugués Torga, que proponían partir de lo local conocido para avanzar hacia lo universal.

En sus cuentos y novelas, Merino, Aparicio y Luis Mateo fueron configurando tal territorio, con sus calles tan reales como inventadas, con sus bares populares y sus héroes callejeros y pintorescos. Aquella ciudad de las primeras novelas (digamos El año del francés, de Aparicio, y Las estaciones provinciales, de Luis Mateo) era muy reconocible. Sus señas de identidad se conformaban plenamente con las del León de los años sesenta, y no sólo con su estructura física, con su callejero, sino con su atmósfera provinciana y sus vidas timoratas. Pero a medida que los novelistas fueron creciendo literariamente, la ciudad, León, fue desvaneciendo algunas de sus señales y empezó a enriquecerse con significados simbólicos y existenciales. Potencia simbólica extraordinaria tiene Lot, como Aparicio denomina a la ciudad de Provincias, en El viajero de Leicester (1998), y pesarosas vivencias existenciales manifiesta, por ejemplo, una formidable novela reciente de Luis Mateo, La soledad de los perdidos; en ella,  “la noche viene con la niebla” para diluir los perfiles urbanos en una “Ciudad de Sombra” que arropa malamente las brumas vitales del protagonista. Afirmado, pues, el territorio como ámbito literario por ese trío de grandes narradores leoneses, los que vinieron detrás no tuvieron más que situarse: ya no necesitaban crearlo o inventarlo, sino habitarlo.

Y así ha sido y así seguirá siendo. La ciudad inventada es ya parte de la ficción, y en ella se localiza la acción de algunas de las grandes obras narrativas del presente literario.

José Enrique Martínez

[es catedrático de Literatura y ha participado en los volúmenes Leyendas de León contadas por... y Cuentos de León narrados por...]

 

 

Hay un parásito que nos está consumiendo por dentro. Un ente primitivo e insaciable capaz de dirigir nuestro pensamiento hacia espacios alejados de los ideales y/o creencias que, ayer mismo, sentíamos como propios. Es tremendamente prolífico y prospera con asombrosa facilidad. Sorprende que después de tantas epidemias históricas no hayamos adquirido alguna inmunidad. Su contagio sigue siendo simple y veloz. Y puede contaminarlo todo con una virulencia letal, sin que los protocolos más refinados logren detenerlo.

En el mundo del libro se instaló hace tiempo. Fuimos ciegos: al principio parecían síntomas compensatorios a tanto olvido. Ahora ya no distinguimos la luz de las tinieblas. En el Mundo más abierto que haya existido prosperan seres herméticos.

Así, el interés por las aventuras que un niño protagoniza en las entrañas de un templo gótico, no se dirime en la contundencia de la historia, o en la capacidad evocadora de la narración, o en la fantasía que atesoren las páginas..., sino en la localización geográfica de ese monumento. En cuanto queda anclado en un punto del mapa, deja de ser atractivo para el resto.

En una librería de “cuyo nombre no quiero acordarme” desecharon Teófilo y las bestias de la catedral porque “no es de aquí... Si aún hablara de Notre Dame..., todavía”. En otra sentenciaron: “esto pa los sorianos”. Se referían a Donde la vieja Castilla se acaba, una joya del lenguaje, uno de los mejores libros de viajes jamás escrito y, según mantiene Julio Llamazares, “un clásico de la literatura española”. Apelando a Viaje a la Alcarria llegó un desdén parecido: “pa los de Cuenca” (en realidad, el itinerario de Cela fue por Guadalajara, pero no estábamos para sorpresas).

Y así andamos. Quieren meter al lector –un espíritu libre que vuela con el sutil batido de las páginas– en una jaulita.

Por eso insistimos en ese pensamiento de Miguel Torga, que va tallado en la proa de Rimpego: “lo universal es lo local sin paredes”.

Joaquín Alegre

[responsable de Rimpego, es autor de León y Camino a Santiago]

 

 

Escribir, como leer, son dos maneras que comprometen una necesidad esencial de apartarse de la realidad tal como nos viene dada, sin otra elaboración que la de ir pasando como mejor se puede el día, el año, la vida. En todo lector, y no digamos en todo escritor, alienta la insatisfacción. La realidad es la fuente de esa inquietud y no hay mejor paliativo contra las insuficiencias de la propia biografía que dejarse invadir por otra vida, deudora de la imaginación y la belleza, que nos espera dentro de los libros. Solo hay ventajas en ampliar el horizonte de nuestra pobre existencia.

No creo que de camino al trabajo o de vuelta a casa vaya uno a conocer a persona tan apasionada como Ana Karenina, ni a conversar con hombre tan conmovedor como don Alonso Quijano, ni a escuchar la relación de un viaje narrada con tanta elocuencia como lo hace Ulises. El beneficio de andar enredado en fábulas es recíproco. Que nadie crea que perderse en fantasías ajenas es abdicar de la realidad y sus obligaciones. Si de algo estoy seguro es de que la Literatura, lejos de apartarnos de la vida, nos abastece de lecciones para ahondar en su misterio. Cada poema, cada cuento, cada novela dignos de ese nombre ofrecen un mundo autónomo, con sus obligaciones y sus símbolos, que se agrega al que recorremos a diario. Comprenderlo es ampliar el suelo por el que deambulamos y hacerlo con otra mirada, menos deficitaria o menos superficial a la hora de enjuiciar lo que nos rodea. Sobre todo, a la hora de enjuiciar al otro.

Mejorados por el trato con los libros, comprendemos que el mundo es una representación y nada compromete más que sabernos parte de esa continua función universal. Leer, haber leído es hacerse con el tono del papel que vamos componiendo y asegurarse de que no fingimos en la realidad, sino que la vivimos hasta sus últimas consecuencias.

Pablo Andrés Escapa

[la crítica le considera uno de los mejores narradores del país, participó en Cuentos de León narrados por...]