Hay un parásito que nos está consumiendo por dentro. Un ente primitivo e insaciable capaz de dirigir nuestro pensamiento hacia espacios alejados de los ideales y/o creencias que, ayer mismo, sentíamos como propios. Es tremendamente prolífico y prospera con asombrosa facilidad. Sorprende que después de tantas epidemias históricas no hayamos adquirido alguna inmunidad. Su contagio sigue siendo simple y veloz. Y puede contaminarlo todo con una virulencia letal, sin que los protocolos más refinados logren detenerlo.

En el mundo del libro se instaló hace tiempo. Fuimos ciegos: al principio parecían síntomas compensatorios a tanto olvido. Ahora ya no distinguimos la luz de las tinieblas. En el Mundo más abierto que haya existido prosperan seres herméticos.

Así, el interés por las aventuras que un niño protagoniza en las entrañas de un templo gótico, no se dirime en la contundencia de la historia, o en la capacidad evocadora de la narración, o en la fantasía que atesoren las páginas..., sino en la localización geográfica de ese monumento. En cuanto queda anclado en un punto del mapa, deja de ser atractivo para el resto.

En una librería de “cuyo nombre no quiero acordarme” desecharon Teófilo y las bestias de la catedral porque “no es de aquí... Si aún hablara de Notre Dame..., todavía”. En otra sentenciaron: “esto pa los sorianos”. Se referían a Donde la vieja Castilla se acaba, una joya del lenguaje, uno de los mejores libros de viajes jamás escrito y, según mantiene Julio Llamazares, “un clásico de la literatura española”. Apelando a Viaje a la Alcarria llegó un desdén parecido: “pa los de Cuenca” (en realidad, el itinerario de Cela fue por Guadalajara, pero no estábamos para sorpresas).

Y así andamos. Quieren meter al lector –un espíritu libre que vuela con el sutil batido de las páginas– en una jaulita.

Por eso insistimos en ese pensamiento de Miguel Torga, que va tallado en la proa de Rimpego: “lo universal es lo local sin paredes”.

Joaquín Alegre

[responsable de Rimpego, es autor de León y Camino a Santiago]