Escribir, como leer, son dos maneras que comprometen una necesidad esencial de apartarse de la realidad tal como nos viene dada, sin otra elaboración que la de ir pasando como mejor se puede el día, el año, la vida. En todo lector, y no digamos en todo escritor, alienta la insatisfacción. La realidad es la fuente de esa inquietud y no hay mejor paliativo contra las insuficiencias de la propia biografía que dejarse invadir por otra vida, deudora de la imaginación y la belleza, que nos espera dentro de los libros. Solo hay ventajas en ampliar el horizonte de nuestra pobre existencia.

No creo que de camino al trabajo o de vuelta a casa vaya uno a conocer a persona tan apasionada como Ana Karenina, ni a conversar con hombre tan conmovedor como don Alonso Quijano, ni a escuchar la relación de un viaje narrada con tanta elocuencia como lo hace Ulises. El beneficio de andar enredado en fábulas es recíproco. Que nadie crea que perderse en fantasías ajenas es abdicar de la realidad y sus obligaciones. Si de algo estoy seguro es de que la Literatura, lejos de apartarnos de la vida, nos abastece de lecciones para ahondar en su misterio. Cada poema, cada cuento, cada novela dignos de ese nombre ofrecen un mundo autónomo, con sus obligaciones y sus símbolos, que se agrega al que recorremos a diario. Comprenderlo es ampliar el suelo por el que deambulamos y hacerlo con otra mirada, menos deficitaria o menos superficial a la hora de enjuiciar lo que nos rodea. Sobre todo, a la hora de enjuiciar al otro.

Mejorados por el trato con los libros, comprendemos que el mundo es una representación y nada compromete más que sabernos parte de esa continua función universal. Leer, haber leído es hacerse con el tono del papel que vamos componiendo y asegurarse de que no fingimos en la realidad, sino que la vivimos hasta sus últimas consecuencias.

Pablo Andrés Escapa

[la crítica le considera uno de los mejores narradores del país, participó en Cuentos de León narrados por...]