Todos los géneros del relato corto tienen cabida en este libro, y desarrollados con mano maestra por una nómina irrepetible de autores que incluye un Premio Cervantes, dos académicos de la RAE,cinco premios nacionales de literatura y otras innumerables distinciones literarias. Una potencial de talento que muy pocos territorios pueden ofrecer.

Antonio Gamoneda, Luis Mateo Díez, José María Merino, Antonio Colinas, Antonio Pereira, Raúl Guerra Garrido, Elena Santiago, Pablo Andrés Escapa...

Formato: 155 X 220 mm
Extensión: 496 páginas
Encuadernación: cartoné
PVP: 21,00 €

ISBN: 978-84-943305-0-6

 

 

En la introducción a este volumen, Miguel Díez ‒gran teórico del género con algún estudio canónico‒ escribe: “Los cuentos tradicionales son hitos dispersos del imaginario universal, de la memoria colectiva, y florecen en todas las lenguas, se revisten de distintas formas, se relacionan y engarzan misteriosamente e impregnan ‒sin que nos demos cuenta‒ el aire que respiramos, los sonidos que oímos, las imágenes que vemos y las vidas que vivimos. Mantener viva la memoria de esos viejos cuentos, conocerlos ‒leyéndolos o escuchándolos‒ es el modo de integrarnos en la comunidad humana, de zambullirnos en las aguas profundas del mar del Mundo”. Es difícil decirlo mejor, con más precisión y belleza. Y muy probablemente, ese sea el sentido final de este libro: guardar respeto por lo que fuimos y dignificar un poco lo que somos.

Por esta tierra donde se entrecruza la morriña galaica, la mística astur y la épica meseteña, se teje la palabra con cierta destreza. Lo expuso por vez primera Luis Mateo Díez. La literatura leonesa actual proviene de la oralidad, de los cuentos al amor de la lumbre. Luego de pasearlos por otros ámbitos se les fueron adhiriendo esos recursos que hoy llamamos cultura. Y todos en mayor o menor medida somos herederos de aquello. Luego, esta conclusión ha tenido su fortuna académica y ha caminado por el filo del tópico.

Por otra parte, una coincidencia generacional como la que disfrutamos es estadísticamente imposible y probablemente no se repetirá. Hay en León un sustrato, un humus primigenio en el que enraízan esos académicos, esos cervantes, esos premios nacionales: la devoción por la palabra escrita. Miles de silenciosos cultivadores del renglón que esconden cada noche el logro de sus desvelos. Las páginas de Cuentos de León narrados por... son testimonio del reconocimiento a algunos de ellos.

Al fin, también cabe enfocar el asunto con extrema sencillez: convocar un concilio de amigos para que pongan en limpio nuestros sueños.

Dice Luis Mateo en el prólogo: “Los cuentos leídos administran la huella de una emoción, de una sorpresa, de un recuerdo, en nada nos son ajenos”.

{tab Indice}

Luis Mateo Díez: Prólogo. Miguel Díez R.: Contar..., y narrar. Margarita Cecilia Torres Sevilla Quiñones de León: Una partida de ajedrez. Javier Tomé y Ana María Villanueva: El Puente de Villarente. Elena Santiago: Era el secreto. Tomás Sánchez Santiago: Bajo la trampilla. Mario Sáez de Buruaga: La tapia del cementerio. Jaime Rodríguez Lebrato: Las narices de San Froilán. David Rubio: Soy leyenda. Javier Pérez: El héroe de los cojones. Francisco José Purroy Iraizoz: La última avutarda. José Luis Puerto: El sueño jaspeado. Marta Prieto Sarro: Aquella vez, camino de Busnadiego. Antonio Pereira: La Orbea del coadjutor. Pepe Muñiz: Un frasco azul de perfume. Nicolás Miñambres: Una manta de trapos. Ana Merino: La niña perdida. José María Merino: La tropa perdida. José Enrique Martínez: El valle de la Mora y de la Fuente Blanca. Alfredo Marcos Martínez: Metacuento de Navidad. Estanislao de Luis Calabuig: Ramiro y los pájaros. Aurelio Loureiro Suárez: El fantasma de Tabanedo. David Gustavo López: El valle de las Siete Fuentes. Roberto González-Quevedo González: Hestoria d’un aquelarre. Manuel González Álvarez: Historias no contadas de la Legión Cóndor: Mercurio en el Oliden. José Luis Gavilanes Laso: El caballero de Valporquero. María Jesús García Armesto: La leyenda del azabachero, la recadera y los amantes. Alfonso García: …Y una navaja enorme. Emilio Gancedo: La muchacha lobo. Antonio Gamoneda: Relación de Don Sotero. Alberto Flecha Pérez: La piel del piojo. Lola Figueira Moure: De amojonamientos y otros desvaríos. Fulgencio Fernández: La luminaria de ‘el Mambís’. Sol Fernández Martín: El guardián de la luz. Pablo Andrés Escapa: Fiat lux. Luis Mateo Díez: La mano de tiza. Ricardo Chao Prieto: El falso Corán. Antonio Colinas: El muro. Isabel Cantón Mayo: El fantasma de la muria. Rogelio Blanco: Los torviscos y el arco iris. Gerardo Boto Varela: Constelación. José Antonio Balboa de Paz: El último inquilino. Julio Álvarez Rubio: Noche estrellada. Joaquín Miguel Alonso González: Filandón. Luis Algorri: El gallo. Joaquín Alegre Alonso: Melchor. Nicolás Miñambres: Venas literarias y humanas para un cuerpo de siglos.

{tab Muestra}

Esta vez, el abad recuperó su sillón. El capitán, que se había desembarazado de su sable y de su sombrero, se sentó en el sofá.

El abad era consciente de encontrarse ante una situación verdaderamente solemne. Recordaba ahora, de modo impreciso, historias de encuentros míticos entre héroes, misioneros o exploradores.

—Capitaine –le dijo–, votre arrivée c’est un immense absurde.

Acercó la mano al conmutador de la lámpara, movió la palanquita y la habitación quedó a oscuras. Accionó de nuevo el conmutador y la luz se hizo otra vez. El capitán se levantó, se aproximó a la mesa y repitió los gestos del abad: movió la palanca a un lado y a otro, encendiendo y apagando la luz. El capitán miró con curiosidad al abad, que le señalaba el calendario.

—Nous sommes séparés par presque deux centaines d’années –añadió.

El capitán se levantó y observó el calendario desde muy cerca. Pasó las hojas lentamente y luego miró al abad con gesto extremadamente serio, en el que la mueca adusta había quedado súbitamente envuelta en un aire despavorido. El abad recordó haber leído en alguna parte, quizás cuando niño, que Napoleón cogía de una oreja a sus soldados para animarlos, y le dieron ganas de levantarse y coger de una oreja a aquel personaje estupefacto, cuyos enormes mostachos parecían haber perdido también la original arrogancia.

—C’est une blague –murmuró el capitán.

Pero el abad buscó entre los libros un grueso tomo, lo hojeó, dejando ver las sucesivas ilustraciones y los grandes titulares –la liquidación del imperio napoleónico, el congreso de Viena, la Revolución Industrial, el Segundo Imperio, Bismarck, la primera guerra mundial...– antes de entregárselo a su interlocutor.

José María Merino: ‘La tropa perdida’.

{tab Reseñas}

“Un formidable compendio de historias únicas y una lista apabullante de escritores recrean fábulas leonesas...”

Cristina Fanjul, ‘Filandón’ / DIARIO DE LEÓN [14/XII/2014].

“Los editores de Rimpego han tenido la increíble habilidad de convencer a 46 escritores leoneses, entre los que están todos los mejores de hoy (Gamoneda, Luis Mateo, José María Merino y por ahí seguido todo el santoral) para que escriban o rescaten un relato breve sobre las tierras y gentes de León. El resultado es una verdadera maravilla que dejará memoria”.

Luis Algorri, TIEMPO 1.680 [8/I/2015].

“Un lujo de antología que seguro está llamada a marcar un antes y un después en la literatura leonesa”.

Luis García, Suplemento cultural CUADERNOS DEL SUR 1.241 [25/IV/ 2015].

“Si el programa está lleno de apasionantes expectativas, el resultado las supera con creces. Era de esperar la calidad de algunas contribuciones: Antonio Gamoneda con una pieza de lectura exigente, el oficio de Antonio Pereira, la deslumbrante prosa de Luis Mateo Díez, la magistral fantasía de José María Merino, el poder evocador de Antonio Colinas, el realismo mágico de Raúl Guerra o la sutileza emocional de Elena Santiago. Un gran cuentista como Pablo Andrés Escapa deja en este libro una obra maestra: ‘Fiat lux’. Pero llegan figuras menos bregadas en los territorios comerciales y mantienen una calidad deslumbrante, aupando el cuento leonés al Olimpo literario”.

Gabriel Fernández, ‘Filandón’ / DIARIO DE LEÓN [14/VI/2015].

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