Los más singulares episodios en la historia de nuestro país –entre los siglos VIII y XIII– fueron protagonizados por una ‘entidad política’ conocida como Reino de León. Las vacilantes inercias sociales y el desdén institucional han convertido este reino en un perfecto desconocido; y a los monarcas que ciñeron su corona, en un recuerdo vago e intranscendente. Sin embargo, sus titulares llegaron a administrar un territorio que incluía las actuales comunidades de Galicia, Asturias, Cantabria, La Rioja, Castilla y León, Madrid, buena parte del País Vasco, casi toda Extremadura, algo de Castilla La Mancha y Portugal hasta la altura de Lisboa.

Su último, o mejor, su penúltimo rey, Alfonso IX, convocó en 1188 una curia regia que, al acoger a representantes del pueblo llano, se convertiría –como reconoce la UNESCO– en el germen del parlamentarismo europeo.

De eso va este libro, de recuperar un pedazo de nuestra memoria.

Ricardo Chao Prieto

155 x 220 mm | 352 páginas | cartoné

ISBN: 978-84-16610-02-0

PVP: 19,00 € 

 

 

Ricardo Chao se enfrenta en este libro a un desafío: establecer una historia crítica del reino de León a partir de sus protagonistas. No es una tarea sencilla, pues la documentación que se conserva es escasa y la ensoñación romántica y las veleidades identitarias de todo tipo han ido contaminando nuestra visión actual, hasta caricaturizarla. Ricardo –profesor e investigador de reconocido prestigio– ha buceado en las fuentes medievales para rescatar datos e ideas olvidadas y contrastarlas con los trabajos historiográficos más rigurosos. Ha dedicado también un enorme esfuerzo en rastrear las menciones al reino leonés en crónicas extranjeras, recuperando valiosa información poco conocida. Por fin, una nueva relectura de las crónicas musulmanas ha sido fundamental para sostener puntos de vista novedosos sobre el devenir político de la península ibérica. El resultado de todo este esfuerzo es un libro fresco y luminoso con una visión tan rigurosa como original del reino de León. Sí, las batallas siguen estando ahí, y los mismos protagonistas de siempre aparecen y desaparecen del escenario, pero los propósitos, los manejos, los intereses, conceden interpretaciones sorprendentes y verídicas.

En cualquier caso, la indagación erudita nunca cede al tono divulgativo, pues se trata de acercar la historia al mayor número posible de lectores. Se pretende un retrato fidedigno de las figuras más significativas del pasado; pero también una lectura atractiva y, casi, seductora. Veremos cómo algunas figuras completaron ese propósito mítico y mitificado conocido como Reconquista, para ver, al final de sus días, que una nueva oleada de integristas musulmanes desbarataban ese esfuerzo.

Para comprender las raíces de este reino, es necesario embarcarse en un viaje de dos mil años hacia el pasado. A los tiempos de los ástures, un pueblo indígena que fuerza a Roma a movilizar una de las maquinarias bélicas más impresionantes que se hayan visto Todo lo que se geste durante la administración romana tendrá su proyección en el futuro. En época visigoda van a labrarse algunos principios fundamentales para un reino de León al que le quedan algunos siglos para nacer: el ordenamiento jurídico y la unidad peninsular bajo el empeño gótico. Tras la invasión musulmana de 711, aparece la resistencia ástur en la fachada cantábrica y surgen los primeros brotes del pequeño reino cristiano. No cabe hacer distinción entre reino de Asturias y reino de León porque son la misma cosa, y solo la exaltación romántica de los regionalismos decimonónicos separó lo que era una unidad. El pequeño reino aguantará los embates de un enemigo técnica y culturalmente superior: Alandalús. Se persigue la estela del reino leonés más allá de su unión con Castilla [1230], porque allí se gestará buena parte de su liquidación, en especial por empeño de Fernando III el Santo y su madre, y Alfonso X y sus cronistas.

Con tan solo el acto de su penúltimo monarca, Alfonso IX, sería suficiente para dar prestigio internacional a este reino: convocó en 1188 una curia regia que al acoger a representantes del pueblo llano se convertiría en las primeras cortes de la Historia. Lo que reconoce la UNESCO como germen del parlamentarismo europeo.

Pero hay mucho más...

Conviene precisar, que el propósito no es acumular una serie de biografías sobre los monarcas leoneses, sino interpretar sus reinados en el contexto y con el entorno sociocultural y humano en el que se desarrollaron. De modo que no solo Abderramán o Almanzor se tratan con generoso espacio; también el conde Fernán González, el Cid, Sancho el Mayor de Navarra, Gelmírez o el maestro Mateo tienen sus entradas singularizadas, en función de su relevancia para lo que pretendemos contar. Ni que decir tiene que esposas, amantes, caballeros, trovadores, cronistas, obispos, nobles y alguna figura legendaria desfilan también por las páginas de este libro.

{tab Indice} León, un reino olvidado; Ástures, romanos y bárbaros; Reyes asturianos [Pelayo, Favila, Alfonso, Fruela, Aurelio, Silo, Mauregato, Alfonso II, Ramiro, Ordoño, Alfonso III]; Reino de León: orígenes [García, Ordoño II, Fruela II, Alfonso Fróilaz, Sancho Ordóñez, Alfonso IV, Ramiro II, Ordoño III, Ordoño IV, Sancho, Ramiro III, Bermudo II, Alfonso V, Bermudo III, Fernando]; Reino de León: esplendor [ Sancho II, Alfonso VI, Urraca, Alfonso VII]; Reino de León: ocaso [Fernando II, Alfonso IX]; Reino de León: epílogo [Fernando III, Alfonso X, Sancho IV, Fernando IV, Juan I]; Sombras de aquel reino; Glosario; Bibliografía, Crónicas.

{tab Muestra}

Ramiro se las tuvo que ver con un poderoso enemigo, tal vez el personaje más carismático en la historia de Alandalús: Abderramán III. Este líder musulmán venía de autoproclamarse [16-I-929] “emir de los creyentes” y “califa”, es decir, sucesor de Mahoma. Legalmente se había independizado del resto del Islam. Había que tener mucha confianza en sí mismo para dar ese paso dentro de la religión mahometana. Surgió así el califato de Alandalús y, con él, el máximo esplendor de la Hispania musulmana.

A pesar de las grandiosas proclamaciones, Abderramán tuvo que bregar con la insurrección de ciudades y comarcas enteras. Toledo, la antigua capital visigoda, era una de las plazas rebeldes. Esta vez el califa estaba decidido a acabar con el foco de disidencia y envió todo un ejército contra la ciudad. Amedrentados por el despliegue, los toledanos pidieron auxilio a Ramiro II. El rey leonés, con las tropas concentradas en Zamora y a punto de partir, recibe una mala noticia: su hermano Alfonso había ocupado León con fuerzas castellanas. Se dividió el ejército, el grueso partió hacia León y unas mesnadas fueron a dar ayuda a Toledo. Estos soldados tomaron y saquearon el poblado de Magerit (Madrid), pero comprobaron que las nutridas y bien pertrechadas escuadras de Abderramán se habían hecho con las fortalezas que rodeaban Toledo. Así las cosas, entrar en combate era un suicidio y los cristianos optaron por replegarse.

El 2 de agosto de 932 Abderramán III entraba triunfante en la levantisca ciudad del Tajo.

Al año siguiente, decidido a castigar la acción sobre Madrid, comandó personalmente un ataque a la fortaleza de Castro Moros (San Esteban de Gormaz). Pero en esta ocasión el castillo resiste hasta que llega Ramiro II con refuerzos y desbarata al ejército cordobés. Era el conde Fernán González quien había pedido auxilio al rey.

Según Sampiro, la batalla decisiva tuvo lugar en el Burgo de Osma (a unos doce kilómetros de San Esteban). Dolido por este varapalo, Abderramán reunió [934] un ejército mucho más numeroso, ocupó Osma y saqueó el núcleo de los condados castellanos. A continuación, marchó sobre el reino de Pamplona; por entonces gobernado como regente –en nombre de su hijo García Sánchez I, en minoría de edad– por la tía carnal de Abderramán, doña Toda. En Calahorra, Toda y su hijo García reconocieron al cordobés como su señor y firmaron un pacto recogido por Ibn Hayyan:

“que estimulaba su completa sumisión y su desentendimiento de los restantes reyes cristianos, aliados, parientes, etc., de modo que dejara de socorrerlos y de hacer daño a los musulmanes, abriendo sus caminos y ayudando a los caídes de la frontera contra todo insurrecto”.

A continuación, el ejército de Abderramán arrasó Álava y el condado de Castilla, saqueando fortalezas y arruinando monasterios, como el de Cardeña, donde pasaron a cuchillo a doscientos monjes.

Mientras los soldados musulmanes daban rienda suelta al pillaje, Ramiro II comenzó una astuta maniobra envolvente. Recuperó Osma, y fue hostigando sin descanso a los cordobeses hasta desperdigar completamente su ejército. Los cronistas andalusíes buscaron disculpas para la humillante derrota, y apuntaron a las mesnadas de Muhammad Ibn Hashim –el gobernador de Zaragoza–, que se habían retirado con cierta precipitación. (Algún tiempo después este Muhammad Ibn Hashim –conocido también como Aboiahia o Abu Yahya–, tal vez por despecho, se rebelaría contra el califa con ayuda de navarros y leoneses).

Tras la aceifa de 934 se firmó una tregua entre Córdoba y León. Ibn Hayyan mantiene que la iniciativa parte de Ramiro II, aunque en sus propias palabras se trasluce lo interesado que estaba Abderramán. No dudó el califa en mandar a la capital enemiga a su visir, para redactar personalmente las condiciones; aunque los principales magnates leoneses hubieron de ratificar, más tarde, el documento en Córdoba.

Entre otras cosas, con este acuerdo Abderramán quería cortar de raíz la incipiente relación entre la corte leonesa y el caudillo zaragozano. Sin embargo –y siempre según Ibn Hayyan–, Ramiro incumple esta tregua y apoya a Muhammad Ibn Hashim.

Otro rebelde, Umaya Ibn Ishaq Al-Qurasi, gobernador de Santarém (al norte de Lisboa) pide también ayuda a Ramiro.

El reino de León no lucha ya por su supervivencia sino que empieza a intervenir arrogantemente en los conflictos internos de Alandalús, amenazando su existencia. Un preocupado Abderramán comienza a planificar, junto a sus asesores militares, la completa aniquilación del reino cristiano del noroeste.

Va a ser la batalla definitiva.

{tab Reseñas} “Huyendo de la simple avalancha de datos y fechas, de las glorias propagandísticas y de las síntesis que son copia de copia, Ricardo Chao acaba de entregar a las librerías ‘Historia de los reyes de León’ (editorial Rimpego), un volumen ante todo diferente —e inmensamente documentado— para comprender una entidad política clave en la historia de España”.

Emilio Gancedo, DIARIO DE LEÓN [7/IV/2017]

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